Había una vez dos personas que encontraron una isla.
No figuraba en ningún mapa importante. No tenía puerto, caminos ni casas. Apenas algunos árboles dispersos, tierra húmeda y una playa tan silenciosa que durante los primeros días podían escuchar sus propios pasos sobre la arena.
Ninguno de los dos preguntó de quién era.
Tal vez porque, al principio, lo único importante era todo lo que podían hacer con ella.
Uno descubrió dónde la tierra era más fértil. El otro aprendió a conducir el agua desde un pequeño manantial. Sembraron árboles donde antes solo había maleza. Levantaron cercas cuando llegaron los primeros animales. Construyeron caminos, recogieron frutos y aprendieron qué lugares necesitaban sombra y cuáles necesitaban sol.
Cuando uno estaba cansado, el otro continuaba.
Cuando uno no sabía cómo resolver algo, el otro encontraba la manera.
Pasaron los años y la isla dejó de parecerse a aquella extensión de tierra que habían encontrado.
Había árboles cargados de fruta, senderos entre las flores y rincones donde era posible sentarse al final de la tarde para mirar cómo el mar se tragaba lentamente el sol.
Los visitantes comenzaron a decir que era una isla extraordinaria.
Ellos sonreían.
Porque sabían cuánto trabajo había detrás de cada árbol.
Hasta que un día uno de los dos comenzó a pensar que quizá la isla sería todavía mejor si fuera solamente suya.
No ocurrió después de una pelea.
Tampoco hubo una gran desgracia.
Aquella mañana los árboles seguían dando frutos, el agua seguía corriendo y el otro seguía trabajando a su lado como siempre.
Simplemente apareció la idea.
Primero pequeña.
Después insistente.
Finalmente inevitable.
Fue entonces cuando decidió viajar al continente y preguntar qué tendría que hacer para convertirse en el único dueño de la isla.
Cuando el otro se enteró, tampoco quiso marcharse.
Había plantado demasiados árboles con sus propias manos. Conocía cada sendero, cada piedra y cada temporada de cosecha. Aquella tierra también llevaba años de su vida.
Así comenzó la disputa.
Al principio dejaron de sembrar juntos.
Después dejaron de reparar los caminos.
Uno comenzó a cuidar solamente los árboles que consideraba suyos y el otro hizo lo mismo con los suyos.
Cuando una cerca se rompía, discutían sobre a quién correspondía repararla.
Cuando faltaba agua en algún cultivo, primero averiguaban a quién pertenecía antes de abrir la compuerta.
Después levantaron una división en medio de la isla.
Ninguno recordó que las raíces de los árboles no conocían aquella frontera.
Pasó el tiempo.
Algunos frutos comenzaron a caer al suelo sin que nadie los recogiera.
Los canales se llenaron de hojas.
Los caminos desaparecieron lentamente bajo la hierba.
Y los árboles que antes crecían gracias al cuidado de ambos empezaron a secarse de un lado y del otro.
Desde el continente continuaban llegando documentos.
Papeles para demostrar.
Papeles para reclamar.
Papeles para responder otros papeles.
Cada uno guardaba los suyos convencido de que algún día recibiría el documento definitivo que dijera:
La isla es tuya.
Mientras tanto, la isla esperaba.
Esperó durante las discusiones.
Esperó durante los viajes al continente.
Esperó mientras ambos calculaban cuánto habían trabajado y quién había dado más.
Esperó hasta que algunos árboles dejaron de dar frutos.
Una tarde, después de mucho tiempo, uno de ellos caminó hasta el lugar donde años atrás habían plantado el primer árbol.
Estaba casi seco.
Apoyó la mano sobre el tronco y recordó que ninguno de los dos había podido plantarlo solo.
Uno había cavado.
El otro había sostenido el árbol.
Uno había cubierto las raíces con tierra.
El otro había traído el agua.
Por un instante quiso llamar al otro.
Pero entonces recordó la disputa.
Retiró la mano del tronco y regresó a su lado de la isla.
El árbol terminó de secarse durante aquel verano.
Nadie supo nunca a quién pertenecía.